Varios de los libros de texto que la SEP ha recomendado para tutorar la enseñanza de la ciencia biológica en el nivel de educación secundaria han causado un inopinado escozor entre asociaciones conservadoras locales, que han demandado públicamente su retiro o bien que sean “corregidos” –vale decir censurados-. Es el caso del libro “Competencias Científicas I” de la editorial Norma, cuya coautora Myriam Stella Fernández ya se ha visto obligada a hacer declaraciones ociosas ante la prensa guanajuatense y se ha mostrado sorprendida por la reacción de las “buenas conciencias” abajeñas.
Me llama en extremo la atención que en pleno siglo XXI todavía sigamos debatiendo sobre la necesidad o pertinencia de la educación sexual. Se sigue alegando la pretendida defensa de la moral y las buenas costumbres para mantener a nuestros hijos en el mismo estado de ignorancia e indefensión en el que crecieron nuestros padres e incluso nosotros mismos. En mi caso, recuerdo muy vívidamente cuando la maestra Melba Castellanos, la fundadora de la escuela secundaria estatal Presidente Benito Juárez, emprendió -por sus pistolas- un programa pionero de educación sexual entre los chicos que entonces (1973) estudiábamos en su escuela. La doctora Arias nos dio a chicos y a chicas –por separado para evitar cualquier mala interpretación- unas espléndidas charlas aderezadas con transparencias e ilustraciones que nos abrieron los ojos a un mundo desconocido e inquietante, pero también hermoso y pleno de amor. El sexo dejó de ser un asunto pecaminoso, de fotos en los baños, de chistes asquerosos y de historias falaces para convertirse en un tema de discusión abierta y de búsqueda de información. Aprendimos a hablar de penes y vaginas, y no de “p…” y “p…”. Supimos de las enfermedades venéreas y de los recursos para evitarlas -incluyendo por supuesto la abstinencia-. Nos enseñaron sobre el riesgo de la maternidad y paternidad tempranas, y también los medios de evitarlas. Nuestros libros de biología no mostraban gráficamente el sexo, aunque sí proporcionaban alguna información pertinente. En cambio los materiales de nuestra tutora eran explícitos y nos ayudaron a conocer y aceptar las características de nuestros cuerpos. También recuerdo que por entonces se estrenó la espléndida película “El cuerpo humano” -que luego se hizo serie de TV-, que cuando se estrenó causó gran interés por mostrar desnudos no pornográficos y por exhibir al detalle la fisiología de nuestros cuerpos. Gracias a esas fuentes de educación sexual, mi relación con el sexo se dio -y se da- de manera grata y natural. Mis experiencias nunca fueron traumáticas ni irresponsables, nunca me pegó una enfermedad, ni embaracé a nadie inoportunamente, ni me acomplejé por circunstancias infortunadas. He sido sexualmente feliz, y en muy buena medida se lo debo a mis queridos profes de la secundaria. Sólo nos faltó un buen libro de apoyo. ¡Y hoy existe!
Las declaraciones del señor ingeniero que está a cargo de administrar la educación en nuestro estado, e incluso las opiniones vertidas por el gobernador Romero sobre este asunto, me confirman la situación lamentable de que se sigue privilegiando la ideología política y la fe religiosa de los regenteadotes del gobierno, por sobre las necesidades reales de la formación educativa integral. Lo que los voceros oficiales denominan “educación con valores” es un eufemismo que oculta la militancia religiosa y conservadora, misma que pretende la existencia de “valores universales” que deben ser observados por todos, sin excepción. Entre esos valores está el que define al sexo como estricto mecanismo reproductor, enmarcado en los confines de la familia contractual, legitimada por la iglesia y heterosexual. Recuerden que la fornicación, el sexo por placer, es un pecado capital que conduce a la condenación. Es evidente que los que si practicamos el sexo como un goce vital -¡y porque nos encanta!- no compartimos entonces ese “valor universal”.
La creencia en absolutos morales conduce a la intolerancia política y religiosa. Hay absolutos tanto en la izquierda como en la derecha ideológicas, y dentro de esta última destaca el aborrecimiento del sexo trivial y el rechazo a su conocimiento científico. El problema es que los padres de familia que asumen esta posición condenan a sus hijos a perpetuar la ignorancia y a que arriesguen la vida cuando se acerquen a esta manzana prohibida. El sexo es una realidad natural, y como tal es ajeno e indiferente a nuestros constructos morales. El sexo es conducta, pero más que nada es instinto. Por eso, para reforzar las conductas que nos lleven a una experiencia sexual plena y responsable, hay que reforzar los contenidos educativos de orden científico y objetivo. Los “valores” no ayudarán mucho cuando la ignorancia propicie conductas de riesgo que desaten los peligros auténticos de nuestra naturaleza animal.
Artículos de coyuntura publicados por Luis Miguel Rionda Ramírez en medios impresos o electrónicos mexicanos.
Antropólogo social. Profesor titular de la Universidad de Guanajuato y de posgrado en la Universidad DeLaSalle Bajío, México. Exconsejero electoral en el INE y el IEEG.
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viernes, 18 de agosto de 2006
viernes, 4 de agosto de 2006
¿Un futuro sin agua?
La Comisión Estatal del Agua de Guanajuato (CEAG) inauguró este miércoles su XII ExpoAgua, que con mucha fortuna conjugó con el IV Encuentro Nacional de Cultura del Agua. El evento convocó a un importante número de expertos, funcionarios, estudiosos y demás personajes que tienen interés o vínculos con el tema del aprovechamiento y cuidado del recurso natural más valioso para la vida en este planeta: el agua.
Acompañé a mi padre a la inauguración, pues el ingeniero Ricardo Sandoval, talentoso y sensible secretario técnico de la CEAG, lo había invitado a dar la conferencia inaugural, donde el maestro Isauro Rionda ensayó un acercamiento a las vicisitudes que la ciudad de Guanajuato ha enfrentado históricamente para lidiar con la escasez o la abundancia del agua. La ciudad minera ha transitado siglos de penuria ante las sequías pertinaces o las inundaciones catastróficas. Me hizo recordar un pasaje de aquella novela de la escritora Vicky Baum, “El ángel sin cabeza”, donde describe un día funesto a principios del siglo XIX, cuando la población amaneció con los sufrimientos del estiaje y la sed generalizada, y luego cómo por la tarde el cielo se cubría de nubarrones, y pronto se desataba un chubasco violento seguido del famoso “burro de agua”, una especie de tsunami que descendía de las cañadas de la sierra y barría todo a su paso. La sed matutina y el ahogo al atardecer. Nuestra relación con el agua ha sido siempre de extremos, incluso violentos.
Me pareció importante que se subraye que muchas tecnologías tradicionales de aprovechamiento del agua se hayan perdido de la memoria colectiva, como fueron los aljibes, las cajas de agua, los bordos, y demás recursos, que han sido sustituidos por tecnologías más depredadoras del medio, como las grandes presas y canales, y ni se diga de los pozos profundos.
Me pareció afortunado que el evento de la CEAG se realice precisamente en esta época, que tradicionalmente se ubica como plena temporada de lluvias. Sin embargo, y en contraste con lo que está sucediendo en otros lugares del país, donde desde hace semanas están lidiando con lluvias torrenciales (Monterrey, Guadalajara, Ciudad Juárez, el DF), en Guanajuato la temporada se ha retrasado este año más de lo normal. Es increíble que en este año se haya llegado al extremo de cancelar la apertura de la presa de la Olla, que debió ocurrir el primer lunes de julio. Sencillamente no ha llovido lo que debería para la época. Pero esta semana se ha mostrado muy llovedora, como si la naturaleza quisiese poner al día su deuda de agua con el estado de Guanajuato. Ojalá que las lluvias mantengan su ritmo actual, pues nuestra situación en cuanto a disponibilidad del recurso parece empeorar con los años.
Guanajuato es fuertemente deficitario en agua. Es decir, gastamos más agua que la que recibimos de forma natural por escurrimientos o por los acuíferos subterráneos. Recibimos 4,142 millones de metros cúbicos anuales (MM3A), pero hay aprovechamientos de 5,584 MM3A. Eso quiere decir que usamos 1,442 MM3A (26%) más de los que la naturaleza provee sin alterar los equilibrios hídricos del medio ambiente. ¿De dónde sale esta diferencia? De la sobreexplotación de los mantos freáticos. Los pozos profundos, cada vez más profundos, son la fuente de este exceso sobre la naturaleza. La depredación del ser humano no tiene límites, y estamos poniendo en riesgo nuestra propia supervivencia.
Los especialistas nos advierten de lo peligroso de esta situación. Debemos cambiar nuestra relación con el entorno. Es increíble que el 88% de nuestro consumo de agua se esté yendo a la agricultura, que padece todavía de técnicas anacrónicas para el riego. El desperdicio por malas técnicas de conducción es enorme, y las resistencias sociales hacia el cambio y la tecnificación son todavía formidables. Nadie quiere gastar en ahorrar agua, que es vista como un recurso barato. Muy diferente a Israel o los emiratos árabes, donde han hecho florecer el desierto con poquísima agua, bien aprovechada.
Si no hacemos algo con urgencia, nuestros hijos crecerán en un ambiente desertificado, con conflictos sociales derivados de la carencia de agua -no por nada “rivalidad” viene de “río”-. Ya tuvimos una probadita con los casos de Romita-La Muralla y recientemente en nuestro pleito con Jalisco por la construcción de una presa en el río Verde para León. Las cosas se pondrán mucho peor cuando los ecosistemas reflejen el abatimiento dramático de los acuíferos. Estamos cavando nuestra tumba futura si no reaccionamos a tiempo.
Acompañé a mi padre a la inauguración, pues el ingeniero Ricardo Sandoval, talentoso y sensible secretario técnico de la CEAG, lo había invitado a dar la conferencia inaugural, donde el maestro Isauro Rionda ensayó un acercamiento a las vicisitudes que la ciudad de Guanajuato ha enfrentado históricamente para lidiar con la escasez o la abundancia del agua. La ciudad minera ha transitado siglos de penuria ante las sequías pertinaces o las inundaciones catastróficas. Me hizo recordar un pasaje de aquella novela de la escritora Vicky Baum, “El ángel sin cabeza”, donde describe un día funesto a principios del siglo XIX, cuando la población amaneció con los sufrimientos del estiaje y la sed generalizada, y luego cómo por la tarde el cielo se cubría de nubarrones, y pronto se desataba un chubasco violento seguido del famoso “burro de agua”, una especie de tsunami que descendía de las cañadas de la sierra y barría todo a su paso. La sed matutina y el ahogo al atardecer. Nuestra relación con el agua ha sido siempre de extremos, incluso violentos.
Me pareció importante que se subraye que muchas tecnologías tradicionales de aprovechamiento del agua se hayan perdido de la memoria colectiva, como fueron los aljibes, las cajas de agua, los bordos, y demás recursos, que han sido sustituidos por tecnologías más depredadoras del medio, como las grandes presas y canales, y ni se diga de los pozos profundos.
Me pareció afortunado que el evento de la CEAG se realice precisamente en esta época, que tradicionalmente se ubica como plena temporada de lluvias. Sin embargo, y en contraste con lo que está sucediendo en otros lugares del país, donde desde hace semanas están lidiando con lluvias torrenciales (Monterrey, Guadalajara, Ciudad Juárez, el DF), en Guanajuato la temporada se ha retrasado este año más de lo normal. Es increíble que en este año se haya llegado al extremo de cancelar la apertura de la presa de la Olla, que debió ocurrir el primer lunes de julio. Sencillamente no ha llovido lo que debería para la época. Pero esta semana se ha mostrado muy llovedora, como si la naturaleza quisiese poner al día su deuda de agua con el estado de Guanajuato. Ojalá que las lluvias mantengan su ritmo actual, pues nuestra situación en cuanto a disponibilidad del recurso parece empeorar con los años.
Guanajuato es fuertemente deficitario en agua. Es decir, gastamos más agua que la que recibimos de forma natural por escurrimientos o por los acuíferos subterráneos. Recibimos 4,142 millones de metros cúbicos anuales (MM3A), pero hay aprovechamientos de 5,584 MM3A. Eso quiere decir que usamos 1,442 MM3A (26%) más de los que la naturaleza provee sin alterar los equilibrios hídricos del medio ambiente. ¿De dónde sale esta diferencia? De la sobreexplotación de los mantos freáticos. Los pozos profundos, cada vez más profundos, son la fuente de este exceso sobre la naturaleza. La depredación del ser humano no tiene límites, y estamos poniendo en riesgo nuestra propia supervivencia.
Los especialistas nos advierten de lo peligroso de esta situación. Debemos cambiar nuestra relación con el entorno. Es increíble que el 88% de nuestro consumo de agua se esté yendo a la agricultura, que padece todavía de técnicas anacrónicas para el riego. El desperdicio por malas técnicas de conducción es enorme, y las resistencias sociales hacia el cambio y la tecnificación son todavía formidables. Nadie quiere gastar en ahorrar agua, que es vista como un recurso barato. Muy diferente a Israel o los emiratos árabes, donde han hecho florecer el desierto con poquísima agua, bien aprovechada.
Si no hacemos algo con urgencia, nuestros hijos crecerán en un ambiente desertificado, con conflictos sociales derivados de la carencia de agua -no por nada “rivalidad” viene de “río”-. Ya tuvimos una probadita con los casos de Romita-La Muralla y recientemente en nuestro pleito con Jalisco por la construcción de una presa en el río Verde para León. Las cosas se pondrán mucho peor cuando los ecosistemas reflejen el abatimiento dramático de los acuíferos. Estamos cavando nuestra tumba futura si no reaccionamos a tiempo.
viernes, 21 de julio de 2006
Guerra y odio
Nuevamente el horizonte internacional se oscurece a consecuencia del odio y la guerra. Otra vez son los israelitas y los palestinos los que nos quitan el sueño. Al polvorín del oriente medio se le arrima la centella encendida del conflicto inveterado entre dos de los pueblos que más se odian entre sí. Y es un rencor que ya ha acumulado más de un siglo de embrollos y desencuentros, hasta convertirse en el ejemplo paradigmático de lo que el muy conservador Samuel Huntington llamó el “choque de civilizaciones”, el futuro que se asoma desde el siglo XXI . La cultura oriental islámica, encerrada en sí misma, orgullosa de su pasado brillante, enriquecida y empobrecida por los veneros del petróleo, se ve sujeta a humillaciones recurrentes por parte del enclave occidental israelita, moderno, desarrollado, ensoberbecido por el poder del dinero y de las armas, y convencido de ser el pueblo elegido -otro más- de Dios. Ambos pueblos parten de sendos errores en la concepción propia y del otro. Por eso la diferencia sólo la establecen las enormes disparidades en cuanto a sus capacidades bélicas y económicas. Ambos basan su derecho a existir en legados escriturados por el pasado milenario, pero por lo mismo se los niegan mutuamente y generan sus propios fundamentalismos. Para poder existir uno, el otro debe desaparecer de la vista, incluso fenecer.
La compleja historia del sionismo -otra forma de racismo, como lo consideró la ONU en 1975- nos lleva a preguntarnos si los pueblos pueden asumir derechos contemporáneos a partir de sucesos del pasado lejano, entre ellos la potestad sobre tierras y espacios. Si así fuera, el mundo actual sería ingobernable, pues cualquier grupo social podría desempolvar derechos ancestrales sobre dominios que considerara “usurpados”. México, por ejemplo, argüiría derechos sobre siete de los estados de la Unión Americana, y la lista de reclamos sería tan interminable como absurda.
Los palestinos tienen derecho a vivir y sobrevivir en los territorios que la comunidad internacional le ha reconocido a su Estado soberano. Las guerras y la violencia no pueden ser asumidas como medios legítimos para imponer decisiones políticas de los países con vocaciones imperiales. El derecho a existir de Israel debe ser reconocido como producto de los imperativos de la historia, pero siempre y cuando el Estado israelita reconozca a su vez el derecho de los palestinos a poseer un espacio propio, con la misma jerarquía de sus vecinos árabes, judíos y gentiles.
Dos guerras cruentas sustentaron el derecho -autoasignado- de Israel a la mayor parte del territorio que hoy ocupa: la de 1948 -inmediatamente después que nació como producto de una resolución de la ONU- y la de 1967, cuando barrió con sus vecinos árabes. A partir de entonces miles de palestinos se vieron obligados a refugiarse en los países vecinos y a iniciar su propia diáspora, muy a la manera de la que experimentaron los judíos dos mil años antes. Incomprensiblemente un pueblo que ha sufrido tanto como el judío, no ha parado en mientes para sojuzgar a un pueblo más débil y someterlo al suplicio de la carencia de un territorio propio y soberano. Varios millones de colonos judíos, procedentes de todo el mundo -incluso México- han poblado el territorio palestino y fortalecido a la nueva nación, que hoy se cuenta entre las más acaudaladas del mundo. Llama la atención que cualquier judío, sin importar sus orígenes, tiene derecho automático a la ciudadanía israelí; pero a los palestinos, incluso los nacidos dentro de las fronteras del nuevo país, son discriminados, negados sus derechos elementales y tratados como extranjeros o criminales.
Esta guerra no será diferente a las previas. Refrendará el poderío bélico de Israel y confirmará la sujeción y la humillación perenne de los palestinos, y con ellos la de los pueblos pobres y débiles del mundo, entre ellos el nuestro. Nosotros ya tenemos a la guardia nacional norteamericana resguardando la frontera -línea que ellos mismos nos impusieron luego de otra guerra injusta en 1848-, con muros y tecnología de punta que recuerda mucho a la tapia que divide a Israel de los territorios palestinos ocupados. En ambos casos hay racismo, xenofobia y odio irracional -medio disimulado en nuestro caso-. En ambos hay ignorancia y hay violencia. Hay culturas, costumbres y religiones diferentes. Hay un “choque de civilizaciones” que condujo a Huntington a escribir otro libro, pero ahora para angustiarse por el futuro de su propia civilización anglosajona y protestante, ante el arribo de las hordas de grasientos hispanos, y así preguntarse: ¿quiénes somos?
La compleja historia del sionismo -otra forma de racismo, como lo consideró la ONU en 1975- nos lleva a preguntarnos si los pueblos pueden asumir derechos contemporáneos a partir de sucesos del pasado lejano, entre ellos la potestad sobre tierras y espacios. Si así fuera, el mundo actual sería ingobernable, pues cualquier grupo social podría desempolvar derechos ancestrales sobre dominios que considerara “usurpados”. México, por ejemplo, argüiría derechos sobre siete de los estados de la Unión Americana, y la lista de reclamos sería tan interminable como absurda.
Los palestinos tienen derecho a vivir y sobrevivir en los territorios que la comunidad internacional le ha reconocido a su Estado soberano. Las guerras y la violencia no pueden ser asumidas como medios legítimos para imponer decisiones políticas de los países con vocaciones imperiales. El derecho a existir de Israel debe ser reconocido como producto de los imperativos de la historia, pero siempre y cuando el Estado israelita reconozca a su vez el derecho de los palestinos a poseer un espacio propio, con la misma jerarquía de sus vecinos árabes, judíos y gentiles.
Dos guerras cruentas sustentaron el derecho -autoasignado- de Israel a la mayor parte del territorio que hoy ocupa: la de 1948 -inmediatamente después que nació como producto de una resolución de la ONU- y la de 1967, cuando barrió con sus vecinos árabes. A partir de entonces miles de palestinos se vieron obligados a refugiarse en los países vecinos y a iniciar su propia diáspora, muy a la manera de la que experimentaron los judíos dos mil años antes. Incomprensiblemente un pueblo que ha sufrido tanto como el judío, no ha parado en mientes para sojuzgar a un pueblo más débil y someterlo al suplicio de la carencia de un territorio propio y soberano. Varios millones de colonos judíos, procedentes de todo el mundo -incluso México- han poblado el territorio palestino y fortalecido a la nueva nación, que hoy se cuenta entre las más acaudaladas del mundo. Llama la atención que cualquier judío, sin importar sus orígenes, tiene derecho automático a la ciudadanía israelí; pero a los palestinos, incluso los nacidos dentro de las fronteras del nuevo país, son discriminados, negados sus derechos elementales y tratados como extranjeros o criminales.
Esta guerra no será diferente a las previas. Refrendará el poderío bélico de Israel y confirmará la sujeción y la humillación perenne de los palestinos, y con ellos la de los pueblos pobres y débiles del mundo, entre ellos el nuestro. Nosotros ya tenemos a la guardia nacional norteamericana resguardando la frontera -línea que ellos mismos nos impusieron luego de otra guerra injusta en 1848-, con muros y tecnología de punta que recuerda mucho a la tapia que divide a Israel de los territorios palestinos ocupados. En ambos casos hay racismo, xenofobia y odio irracional -medio disimulado en nuestro caso-. En ambos hay ignorancia y hay violencia. Hay culturas, costumbres y religiones diferentes. Hay un “choque de civilizaciones” que condujo a Huntington a escribir otro libro, pero ahora para angustiarse por el futuro de su propia civilización anglosajona y protestante, ante el arribo de las hordas de grasientos hispanos, y así preguntarse: ¿quiénes somos?
viernes, 14 de julio de 2006
Descalificaciones interesadas
A casi dos semanas de que 42 millones de ciudadanos mexicanos acudimos a votar en las más de 130 mil casillas en todo el país, el debate mediático y político sobre los resultados presidenciales permanece abierto, propiciado por los alegatos interesados de parte de algunas fuerzas partidistas que no obtuvieron la mayoría simple de votos. La escasa diferencia entre el candidato ganador y el que le sigue (“escasa” en términos relativos, pues en los absolutos significa el voto de 245 mil ciudadanos, ¡tres cuartos de la lista electoral de Baja California Sur!), impulsa la estrategia de descalificar el proceso para así abonar a la causa partidista. Esto puede ser entendible, pero esta descalificación nos está afectando ya a los ciudadanos apartidistas (que no apolíticos) que colaboramos de forma entusiasta y desinteresada en el seguimiento, la supervisión y el desarrollo del proceso electoral.
Se está llegando al extremo de cuestionar nuestro trabajo y con ello a la propia calidad ciudadanizada del IFE. A nivel nacional fuimos más de dos millones de ciudadanos: cerca de un millón como funcionarios de casilla (521 mil titulares y 400 mil suplentes), 24 mil observadores electorales, 2,324 como consejeros electorales locales y distritales, y 1.3 millones como representantes de los partidos y coaliciones. El trabajo fue voluntario y no se percibió honorario alguno, excepto la dieta de asistencia que la ley asigna a los consejeros.
No debo continuar estas notas sin dejar algo plenamente establecido: no emprendo una defensa apriorística y acrítica del IFE y de los resultados a los que llegamos al término de los cómputos distritales. Como cualquier institución, es tan falible como cualquier otra, pues la conforman personas. Sin embargo el IFE ha hecho suya la defensa de la democracia electoral y ha profesionalizado su acción hasta el punto en que se dejan muy pocos resquicios (si es que los hay) a la posibilidad de alterar los resultados. Todos los partidos cuentan con los medios legales para impugnar procedimientos y resultados desde el mismo día de la votación. Y su vigilancia abarca todos los espacios necesarios. Lo mismo hacemos los representantes ciudadanos.
Nos ha costado a los mexicanos muchos años y muchísimo dinero contar con una institución electoral confiable, que nos permita transitar sin sobresaltos por las ortigas de la competencia política. No podemos darnos el lujo de echar por la borda un esfuerzo comunitario que ha permitido que la nueva generación de votantes no recuerde los fraudes tan comunes hace 15 ó 20 años.
Debo dejar bien clara mi posición personal. Ya he dicho en este espacio que no voté ni concuerdo con las banderías ideológicas del candidato presidencial que se perfila como ganador (no hay “presidente electo” hasta que el Trife califique la elección). Pero esto no obnubila mi convicción de que en la democracia gana quien obtenga más votos de los ciudadanos, y no aquél que movilice más fuerzas en las calles o se asuma como el poseedor de la verdad absoluta. Yo me considero una persona con ideología socialdemócrata y liberal, es decir de izquierda moderada, lo que me aproxima a las querencias del candidato quejoso. Pero como consejero electoral nunca he permitido que mis simpatías íntimas se proyecten en mi actuar legal e institucional ante el proceso que se me ha encomendado supervisar en el estado de Guanajuato. Y la tarea es simple: hay que velar por que los votos (¡todos los votos!) cuenten y se cuenten, solamente eso.
He participado en varios debates vía listas de discusión en Internet y en entrevistas con los medios, donde incluso he sido cuestionado por mi presunta “traición” a causas superiores, como es la justicia social y el bienestar para los pobres. Hasta en mi familia he enfrentado algunos desconciertos por mi posición. Pero he tratado de explicar que la causa que hoy defiende el IFE es incluso superior a los compromisos solidarios con la equidad social. Se trata de la causa de la legalidad, la certidumbre y la convivencia civilizada. En el momento de contar votos no interesan programas ideológicos, pues para eso están los partidos. Si mi interés estuviese ligado a banderas ideológicas, yo debería estar involucrado con el partido que mejor las representase, no con una institución que se asume incolora.
Si por “democracia” asumimos la búsqueda de la justicia social, entonces estaríamos desbordando la tradicional acepción liberal. Entonces sí cabría preguntarnos si las elecciones deberían ser plebiscitarias (como en Cuba y los antiguos países socialistas) y no como mero mecanismo inocuo de selección de individuos y plataformas. Yo mejor me quedo con el modelo aséptico, el que carece de adjetivos y que al final le reconoce el triunfo a la opción que sencillamente se llevó más votos, sea de derecha o de izquierda. Creo que esa es la opción que nos propone el actual modelo constitucional mexicano, del que se desprende el IFE y el COFIPE. En esto sostengo mi compromiso.
Se está llegando al extremo de cuestionar nuestro trabajo y con ello a la propia calidad ciudadanizada del IFE. A nivel nacional fuimos más de dos millones de ciudadanos: cerca de un millón como funcionarios de casilla (521 mil titulares y 400 mil suplentes), 24 mil observadores electorales, 2,324 como consejeros electorales locales y distritales, y 1.3 millones como representantes de los partidos y coaliciones. El trabajo fue voluntario y no se percibió honorario alguno, excepto la dieta de asistencia que la ley asigna a los consejeros.
No debo continuar estas notas sin dejar algo plenamente establecido: no emprendo una defensa apriorística y acrítica del IFE y de los resultados a los que llegamos al término de los cómputos distritales. Como cualquier institución, es tan falible como cualquier otra, pues la conforman personas. Sin embargo el IFE ha hecho suya la defensa de la democracia electoral y ha profesionalizado su acción hasta el punto en que se dejan muy pocos resquicios (si es que los hay) a la posibilidad de alterar los resultados. Todos los partidos cuentan con los medios legales para impugnar procedimientos y resultados desde el mismo día de la votación. Y su vigilancia abarca todos los espacios necesarios. Lo mismo hacemos los representantes ciudadanos.
Nos ha costado a los mexicanos muchos años y muchísimo dinero contar con una institución electoral confiable, que nos permita transitar sin sobresaltos por las ortigas de la competencia política. No podemos darnos el lujo de echar por la borda un esfuerzo comunitario que ha permitido que la nueva generación de votantes no recuerde los fraudes tan comunes hace 15 ó 20 años.
Debo dejar bien clara mi posición personal. Ya he dicho en este espacio que no voté ni concuerdo con las banderías ideológicas del candidato presidencial que se perfila como ganador (no hay “presidente electo” hasta que el Trife califique la elección). Pero esto no obnubila mi convicción de que en la democracia gana quien obtenga más votos de los ciudadanos, y no aquél que movilice más fuerzas en las calles o se asuma como el poseedor de la verdad absoluta. Yo me considero una persona con ideología socialdemócrata y liberal, es decir de izquierda moderada, lo que me aproxima a las querencias del candidato quejoso. Pero como consejero electoral nunca he permitido que mis simpatías íntimas se proyecten en mi actuar legal e institucional ante el proceso que se me ha encomendado supervisar en el estado de Guanajuato. Y la tarea es simple: hay que velar por que los votos (¡todos los votos!) cuenten y se cuenten, solamente eso.
He participado en varios debates vía listas de discusión en Internet y en entrevistas con los medios, donde incluso he sido cuestionado por mi presunta “traición” a causas superiores, como es la justicia social y el bienestar para los pobres. Hasta en mi familia he enfrentado algunos desconciertos por mi posición. Pero he tratado de explicar que la causa que hoy defiende el IFE es incluso superior a los compromisos solidarios con la equidad social. Se trata de la causa de la legalidad, la certidumbre y la convivencia civilizada. En el momento de contar votos no interesan programas ideológicos, pues para eso están los partidos. Si mi interés estuviese ligado a banderas ideológicas, yo debería estar involucrado con el partido que mejor las representase, no con una institución que se asume incolora.
Si por “democracia” asumimos la búsqueda de la justicia social, entonces estaríamos desbordando la tradicional acepción liberal. Entonces sí cabría preguntarnos si las elecciones deberían ser plebiscitarias (como en Cuba y los antiguos países socialistas) y no como mero mecanismo inocuo de selección de individuos y plataformas. Yo mejor me quedo con el modelo aséptico, el que carece de adjetivos y que al final le reconoce el triunfo a la opción que sencillamente se llevó más votos, sea de derecha o de izquierda. Creo que esa es la opción que nos propone el actual modelo constitucional mexicano, del que se desprende el IFE y el COFIPE. En esto sostengo mi compromiso.
viernes, 7 de julio de 2006
Precisiones electorales
La intensidad de las campañas presidenciales, su polarización y virulencia, se tradujo en una competitividad electoral nunca antes vista en el país. Todo apunta a que el candidato ganador aventajará a su rival más cercano en un punto porcentual o menos. Fue un final de fotografía, como dicen en el hipódromo. Precisamente por esta intensidad y lo novedoso del fenómeno, muchos ciudadanos han dado oídos a rumores y afirmaciones interesadas que tratan de poner en duda la confiabilidad del aparato electoral mexicano, que regentea el IFE. Por ejemplo, mucha gente ha confundido el PREP (Programa de Resultados Electorales Preliminares) del lunes con los datos oficiales y definitivos, que en realidad se generarían a partir del miércoles. En las elecciones presidenciales de 2000 y 1994 los resultados fueron tan contundentes que la opinión pública se satisfizo con los datos del PREP y ya no hizo el menor caso del conteo definitivo. En esta ocasión este instrumento ha sido duramente cuestionado por partidos y candidatos, y se ha querido difundir la idea interesada de que (“miente que algo queda”) el PREP fue manipulado para garantizarle el triunfo a Felipe Calderón, y escamoteárselo a López Obrador. Incluso se ha afirmado que se “desaparecieron” más de dos millones de votos, lo que ya ha sido bien aclarado por el IFE.
Se aprovecha la memoria corta del ciudadano común. Baste decir que en la elección presidencial del año 2000 el PREP llegó a procesar solamente el 93% de las actas. En este año se procesó un 98.5%. En aquel entonces ese instrumento exhibió una ventaja del ganador sobre el segundo lugar de 6.9 puntos. Los datos definitivos marcaron 6.6% de votos por Fox sobre los de Labastida. En este año el PREP cerró computando 14 millones votos para el candidato del PAN (36.4%) contra 13.6 millones (35.3%) de la Alianza para el Bien de Todos, lo que representa una diferencia de 1.04 puntos. Los datos definitivos apuntan a confirmar esa cantidad, o ligeramente menos.
El operativo de la Alianza para el Bien de Todos para dar la apariencia de que su candidato llevaba una ventaja sustantiva sobre el del PAN desde el inicio, tuvo finalidades políticas y pragmáticas claras. Es normal y entendible, y se hace en todo el mundo. Pero el IFE, la autoridad electoral, no podía caer en el juego impuesto por los partidos. Por eso nosotros, los consejeros electorales del IFE (los consejeros generales, locales y distritales), es decir el componente ciudadano del instituto, nos apegamos estrictamente a lo que marca en el COFIPE y así pudimos desarrollar las sesiones de cómputo definitivo con absoluto apego a la norma y a la ética. Las demandas de los representantes de los partidos fueron atendidas cuando procedían legalmente, pero no así cuando se plantearon despropósitos, como el de abrir todos los paquetes electorales sencillamente para darle “certeza” al proceso. El principio de certidumbre no es superior al de legalidad. Por esta razón todos los presidentes de los consejos y todos los consejeros ciudadanos denegaron sistemáticamente las peticiones de apertura que no tuviesen fundamento. Esto tensó el ambiente, generó interminables y reiterados debates, y como consecuencia las sesiones se alargaron inútilmente. Los perpetradores abusaron y se ignoró a la función auténtica de los consejos. Afortunadamente el IFE no cayó en el garlito, y al final se produjeron resultados transparentes y avalados por todos (o casi todos) los miembros de los consejos. Fue molesto y agobiante, pero así es la democracia, lo entendemos.
Yo confieso que la opción ganadora no fue por la que yo voté, pero sin duda fue la que se llevó la mayoría simple de votos y su triunfo merece ser reconocido por todos. A reserva de lo que diga el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, podemos afirmar que “Presidente habemus”. Esto se acabó y ahora hay que pasar a otra cosa. Debemos apoyar con todo al nuevo titular del ejecutivo a partir de su toma de posesión. Hay asuntos mucho más importantes qué atender para sacar adelante a nuestro país. Bienvenida la generosidad y humildad de los ganadores y elogiemos la cordura y entereza de los “perdedores” (nunca hay perdedores en la lid democrática). Felicitémonos por la transparencia del proceso, ya que México se ubica definitivamente entre los países con mejores procedimientos democrático-electorales. Ojalá que Andrés Manuel López Obrador haga gala de su acendrado patriotismo y que colabore, como lo ha hecho, en la construcción de un país mejor, pero ahora desde nuevas trincheras. Felicidades a todos.
Se aprovecha la memoria corta del ciudadano común. Baste decir que en la elección presidencial del año 2000 el PREP llegó a procesar solamente el 93% de las actas. En este año se procesó un 98.5%. En aquel entonces ese instrumento exhibió una ventaja del ganador sobre el segundo lugar de 6.9 puntos. Los datos definitivos marcaron 6.6% de votos por Fox sobre los de Labastida. En este año el PREP cerró computando 14 millones votos para el candidato del PAN (36.4%) contra 13.6 millones (35.3%) de la Alianza para el Bien de Todos, lo que representa una diferencia de 1.04 puntos. Los datos definitivos apuntan a confirmar esa cantidad, o ligeramente menos.
El operativo de la Alianza para el Bien de Todos para dar la apariencia de que su candidato llevaba una ventaja sustantiva sobre el del PAN desde el inicio, tuvo finalidades políticas y pragmáticas claras. Es normal y entendible, y se hace en todo el mundo. Pero el IFE, la autoridad electoral, no podía caer en el juego impuesto por los partidos. Por eso nosotros, los consejeros electorales del IFE (los consejeros generales, locales y distritales), es decir el componente ciudadano del instituto, nos apegamos estrictamente a lo que marca en el COFIPE y así pudimos desarrollar las sesiones de cómputo definitivo con absoluto apego a la norma y a la ética. Las demandas de los representantes de los partidos fueron atendidas cuando procedían legalmente, pero no así cuando se plantearon despropósitos, como el de abrir todos los paquetes electorales sencillamente para darle “certeza” al proceso. El principio de certidumbre no es superior al de legalidad. Por esta razón todos los presidentes de los consejos y todos los consejeros ciudadanos denegaron sistemáticamente las peticiones de apertura que no tuviesen fundamento. Esto tensó el ambiente, generó interminables y reiterados debates, y como consecuencia las sesiones se alargaron inútilmente. Los perpetradores abusaron y se ignoró a la función auténtica de los consejos. Afortunadamente el IFE no cayó en el garlito, y al final se produjeron resultados transparentes y avalados por todos (o casi todos) los miembros de los consejos. Fue molesto y agobiante, pero así es la democracia, lo entendemos.
Yo confieso que la opción ganadora no fue por la que yo voté, pero sin duda fue la que se llevó la mayoría simple de votos y su triunfo merece ser reconocido por todos. A reserva de lo que diga el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, podemos afirmar que “Presidente habemus”. Esto se acabó y ahora hay que pasar a otra cosa. Debemos apoyar con todo al nuevo titular del ejecutivo a partir de su toma de posesión. Hay asuntos mucho más importantes qué atender para sacar adelante a nuestro país. Bienvenida la generosidad y humildad de los ganadores y elogiemos la cordura y entereza de los “perdedores” (nunca hay perdedores en la lid democrática). Felicitémonos por la transparencia del proceso, ya que México se ubica definitivamente entre los países con mejores procedimientos democrático-electorales. Ojalá que Andrés Manuel López Obrador haga gala de su acendrado patriotismo y que colabore, como lo ha hecho, en la construcción de un país mejor, pero ahora desde nuevas trincheras. Felicidades a todos.
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