viernes, 1 de julio de 2005

Visión desde la frontera norte: cultura

Como en cualquier espacio geográfico donde lindan sociedades con diferencias profundas, la frontera norte mexicana es un área de intensos intercambios e influencias culturales mutuas. La cultura “de frontera” siempre está sujeta a tensiones, a mutaciones cotidianas, a crisis de identidad y sin duda a cuestionamientos constantes sobre su ser (su ethos, dirían los antropólogos) y su devenir en un entorno globalizante que tiende a anular el sentido original de las fronteras nacionales.
Tijuana es el punto fronterizo con más tránsito en el mundo. Se calcula que por la garita de San Isidro se realizan 50 mil cruces vehiculares y 25 mil peatonales al día. A estos hay que añadir los cruces por la garita de la mesa de Otay, que rondan la cuarta parte de los números anteriores. Tan sólo con estos datos podemos imaginarnos la intensidad del intercambio económico, social y cultural dentro de una masa humana que abarca a los 1.3 millones de habitantes de Tijuana y a los 800 mil del condado de San Diego. Poco a poco se ha construido un área fronteriza que se diferencia por necesidad del resto de los territorios nacionales, particularmente en el ámbito cultural.
La ciudad de Tijuana padece de una mala fama internacional producto de sus orígenes históricos como espacio para la diversión y el jolgorio de la soldadesca gringa que en los años veinte y treinta del pasado siglo cruzaban la frontera en busca de evadir la prohibición del alcohol en su nación. Esa vocación ha variado poco, aunque ahora la clientela de los bares, burlesques y lupanares son los adolescentes que a su vez buscan evadir la interdicción norteamericana del consumo etílico a menores de 21 años. A pesar de esta vocación, Tijuana –y en general la frontera norte— está viviendo un florecimiento cultural muy evidente, que la está convirtiendo en un espacio cada vez más favorecido por músicos, pintores, literatos, actores y demás artistas, que con frecuencia la eligen incluso como hogar. El ambiente liberal y relajado, propio de las sociedades fronterizas, atrae mucho a los cultivadores de la sensibilidad, que se benefician por la ausencia o la debilidad de los cánones culturales que se imponen en las sociedades tradicionalistas del centro y sur del país. No es raro que en Tijuana florezca el Rock y el Jazz, de los más alternativos que se pueda uno imaginar, así como el teatro experimental, la literatura “de frontera” –en todos los sentidos—, las artes visuales –fotografía y cine, sobre todo el de bajos recursos técnicos— y el muralismo callejero, que incluso aprovecha los espacios del “muro” fronterizo, la oprobiosa “línea”, que se adorna con centenares de cruces de madera que representan a los migrantes muertos en su intento de cruce. Las tragedias de la migración alimentan la imaginación del artista.
Cuando en octubre de 1982 la señora Romano de López Portillo inauguró el espacio que hoy se denomina Centro Cultural Tijuana (CECUT), para albergar el efímero Programa Cultural de las Fronteras, lo hizo como una estrategia del Estado mexicano para reforzar los lazos de identidad cultural que deben unir al país con sus regiones fronterizas. Se partía de la convicción centralista de que la cultura “mexicana” es aquella que se gesta en la entraña del país, y no en sus periferias. Afortunadamente este magnífico ateneo –diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez-- fue rescatado pronto para ser aprovechado por las instituciones culturales locales, que reorientaron su quehacer hacia la promoción de la cultura regional, que hoy con frecuencia se identifica con la “californidad”. Esta reivindicación de lo local sobre lo nacional no fue en demérito de la identidad mexicana, sino solamente el reconocimiento de que esa mexicanidad se sustenta en la heterogeneidad, no en la uniformidad. La frontera no busca separarse del cuerpo de la nación; sólo desea definirse a sí misma haciendo uso de los símbolos culturales que se han generado a partir de la convivencia cotidiana con la “otredad”.
La actividad cultural es intensa en esta ciudad de mala fama. Son frecuentes los festivales culturales –como el de otoño-- y las ferias del libro --como la reciente de carácter internacional que se desarrolló en el antiguo Jai Alai. También hay cine clubes, numerosas exposiciones temporales, el Multiforo del ICBC, algunos cafés literarios, una escuela de música, dos casas de la cultura, tres estaciones de radio culturales, así como bibliotecas públicas en las seis delegaciones. La infraestructura cultural no es escasa, pero lo más importante es que sí se usa y sí existe una oferta artística local, que le permite a esta frontera dialogar de tú a tú con la cultura nacional.

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